Micropodcast Una Idea #11 – El Valor del Error

Imagina un lápiz número dos, común, amarillo, hexagonal, ícono de la educación, del arte, del diseño. En un lápiz estándar, el borrador abarca aproximadamente 5% de la longitud. ¡Qué diseño tan perverso! Este instrumento asume que uno estará en lo correcto 95% de las veces; suposición evidentemente desconsiderada. Cualquier estudiante de segundo grado se da cuenta de esto cuando en su afán de corregir por quinta vez la tarea, perfora la hoja al cepillarla con el borde del collarín metálico, habiendo ya consumido por completo el borrador. El lápiz, tal cual ha sido históricamente concebido, no es un instrumento de aprendizaje, ni de investigación. Mucho más cercano a la realidad de estas tareas sería un borrador de 18 centímetros con una mina de 1 centímetro en el canto opuesto.

Para la gente de ciencia equivocarse no es algo malo; simplemente es parte del proceso. Cualquiera que se embarque en la tarea de descubrir nuevas verdades tiene que estar preparado para equivocarse; no para quedarse a vivir en el error, sino para aprender de él. Cada error provee una cantidad de data valiosa que sirve para descartar teorías y modificar explicaciones.

Ciencia es el nombre que damos a un método de manejar información, en el cual descartamos lo que no cuadra con la realidad, y mantenemos lo que sí. Mediante este proceso, destilamos verdades cada vez más sólidas. Para quienes habitan la frontera del conocimiento esta es su herramienta fundamental. Alguien observa un fenómeno, lo estudia, y se aventura a sugerir posibles factores o procesos que lo expliquen. Basado en esto, diseña pruebas para comprobar su veracidad. Si las pruebas indican que es cierto, entonces nace una teoría. Otros investigadores tomarán lo actuado y lo escudriñarán aún más mediante sus propios experimentos. Este ciclo se repite varias veces, cada vez con mayor rigor. Si los resultados coinciden, se va consolidando la teoría y aumentando la certeza de que la explicación hace juego con la realidad. Si los resultados no coinciden, las suposiciones y teorías se van descartando, adoptando en su lugar otras más potables.

Entre 1540 y 1840, el promedio de expectativa de vida del ser humano se mantuvo estable en aproximadamente 40 años. Gracias a la consolidación del método científico durante los últimos 160 años, esta aumentó paulatinamente hasta la actual expectativa de vida: 73 años de edad. Es decir 300 años de nulo avance, seguidos de 160 años con un incremento de 82% en la expectativa de vida promedio. El inventario de logros que la ciencia nos ha permitido incluye: transporte aéreo, comunicación satelital, medicina preventiva, diagnósticos no invasivos, producción de alimentos, acceso inmediato e irrestricto a las fuentes de información universal en cada bolsillo, y un largo etcétera que abarca todo el arco de la actividad humana. La calidad de nuestra vida, medida en base a cualquiera de los parámetros relevantes ya sea como individuos, o como sociedad, es mejor que en ningún momento de la historia y sigue mejorando. Todo esto gracias a que quienes trabajan empujando hacia adelante los límites del conocimiento en las diversas ramas del progreso humano usan el error como moneda de cambio y extraen su valor en cada iteración.

Con la pandemia de Covid-19 muchos hemos visto de primera mano el método científico en práctica. El universo no está bajo ninguna obligación de ser un ambiente propicio para la vida humana. Más bien es una tómbola de problemas aleatorios y situaciones difíciles que tenemos que resolver si queremos seguir siendo testigos de la historia. En 2020 surgió uno de estos, para el cual ninguno de los siete mil millones de habitantes del planeta tierra tenía la solución inmediata. El día uno, todo era incógnitas. De ahí en adelante, nuestro método para resolver problemas entró en acción. Se evaluó lo que se conocía de fenómenos similares, se comparó, se descartó lo que no servía (y aún al día de hoy se sigue descartando), se varió la estrategia tantas veces como fue necesario, se probaron diferentes aproximaciones, y poco a poco se fue destilando un panorama más y más certero sobre el comportamiento del virus, su mecanismo de contagio, la enfermedad que produce, incluyendo secuelas, su tratamiento, y su inmunología. Esta es la ciencia en acción.

Este reto particular tenía el agravante de requerir la puesta en acción de medidas de manera tentativa, aún mientras se estudiaba a fondo su efectividad. Algunos problemas tienen ese componente de “carrera contra el tiempo” que los hace particularmente retadores. Igual nos toca lidiar con ellos, la opción de escoger las características del tipo de enigma a enfrentar no es nuestra.

Mientras todo esto transcurría en tiempo real, quedó en evidencia lo lejos que está un porcentaje considerable de la población de entender el proceso que frente a sus ojos toma lugar.

Existen quienes abierta y reiteradamente critican, incluso se burlan, de cada error y corrección de curso en el camino; ignorantes del hecho que esas correcciones de curso son precisamente el sistema científico trabajando de forma óptima.

Existen también quienes, a veces incluso con credenciales médicas o científicas, recomiendan tratamientos, curas, o esquemas preventivos recetados sin el respaldo de este proceso de depuración de la información. Es decir, sin el respaldo de la evidencia derivada de la ciencia. Este grupo debe ser genuinamente antiético, profundamente incompetente, o una combinación de ambos, lo suficientemente tóxica como para desentenderse del daño que pueden causar.

Por último, también existen malos actores, cuyo modus operandi se basa en trampa y engaño. Estos pululan tanto el ambiente cotidiano, como el de la ciencia especializada. Sin embargo, el progreso, el conocimiento, y la ciencia avanzan no por ellos, sino a pesar de ellos. El progreso científico no depende del trabajo secreto de un genio ermitaño recluido en una cueva en la falda de un volcán con nefastos planes de dominar el mundo; ni de sectas de élites que jalan los hilos de los gobernantes del planeta con afanes despiadados de amasar fortunas desbordantes, aún cuando dichas teorías fantasiosas desarrollen su propia carga viral en redes sociales.

Es fácil identificar a quienes albergan cualquiera de estas posturas porque usualmente sus expresiones son publicidad de su falta de congruencia con estos procesos de depuración de información, aún cuando sus motivaciones permanezcan misteriosas.

No nos hagamos ilusiones, todas nuestras actuaciones están plagadas de errores. Algunos de ellos, quizás la mayoría, son inconsecuentes. Otros ameritan correcciones que se manejan a nivel personal, por lo que muchas veces no se comunican. Sin embargo, cuando las metas dependen del trabajo en equipo, donde múltiples actores afectan diversos parámetros, todos integrados al producto final, se hace indispensable identificar cada una de las instancias generadoras de brechas entre intención y resultado. Este autoexamen es la única herramienta que lleva al mejoramiento continuo de una organización.

Errar es de humanos. Esta frase trillada es completamente cierta. Sin embargo, frecuentemente se le da un significado equivocado. Errar es de humanos porque constantemente chocamos contra límites del conocimiento que nos son invisibles; por nuestra propia condición de humanos, y la forma en que enfrentamos y superamos los retos. Errar reiteradamente sobre el mismo tema no es de humanos. Querer errar, tampoco es de humanos. El humano se equivoca y aprende, en el intento de descubrir información veraz; eso es lo que hacemos. Somos máquinas de resolver problemas y esa valiosísima característica es la que nos permite sobrevivir y progresar en este universo misterioso y peligroso. De cada resultado adverso cosechamos una nueva pieza de información y la añadimos a la biblioteca del conocimiento universal. Todo lo que sirve está compilado aquí. La flecha del conocimiento viaja en una sola dirección y es la misma dirección que la flecha del tiempo. Todo aquello que hemos conocido como cierto a lo largo de la historia viene viajando con nosotros. Claro que hay información histórica a la cual no tenemos acceso, pero esta es en general no relevante. Probablemente nadie sepa qué cenó Cleopatra cuando cumplió quince años, pero esa información no nos hace falta para seguir adelante en nuestro proyecto de bienestar humano. En este sentido, la probabilidad de que exista oculto en una catacumba, un manuscrito de hace dos milenios con diseños detallados para poner en órbita satélites de comunicación de última generación, establecer una colonia en Marte, o ponerle riendas al cambio climático es realmente minúscula. Esto lo podemos inferir porque simplemente no hay evidencia histórica de la puesta en práctica de conocimientos privilegiados de esa índole, y dado su valor, resulta ilógico que dicha información fuese escondida u olvidada. Sin embargo, sí tenemos fundamento para asumir que dentro de diez años vamos a haber ganado mayor dominio sobre estos y muchos otros temas y problemas.

A todos nos vendría bien mejorar nuestra relación con el error como fuente de información. Sus beneficios no son exclusivos para el ámbito de la ciencia. El método de aprender, descartar, y corregir es válido en todas las disciplinas. Lamentablemente, por diversas dinámicas sociales, muchísimos errores en el sitio de trabajo u otros entornos se esconden, diluyendo así su valor. En el mundo del control de calidad, la información proveniente de todo aquello que no sale de acuerdo a lo esperado, es oro. Análogo a la ciencia, progresar en cualquier aspecto personal u organizacional es también una frontera del conocimiento y se beneficiará de la aplicación de los mismos métodos.

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