Micropodcast Una Idea #10: El Camino Post Covid

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Cada día que pasa se hace evidente lo mal preparados que estábamos, tanto a nivel global, local y personal, para una situación como esta. Estamos tan adentrados en territorio desconocido, iniciando ya el cuarto mes del contagio, la situación es tan fluida y nuestras habituales brújulas son tan inútiles, que lo que escribo, analizo y concluyo hoy, en una semana resulta desatinado, o con suerte, incompleto.

He escuchado la analogía de que esta pandemia es como una guerra. Y en efecto lo es, en muchos sentidos. Como en una guerra, hay muertos. Como en una guerra, es posible que pasemos hambre. Como en una guerra, el servicio militar es obligatorio, ya que de una forma u otra, los soldados somos todos, excepto que esta guerra se pelea con paz. Es una guerra en la que el soldado más aguerrido es aquel que se queda en su casa con la mayor paz y tranquilidad posible. Esta es una de las paradojas más sobresalientes de esta situación. Es una guerra entre especies, así que todos los humanos estamos en el mismo ejército.

Aquí no existe eso de “salvarse uno solo”. O tomamos todas las medidas necesarias para que la mayoría lo sobreviva, o el virus, de una forma u otra, nos tocará a todos. ¿Cómo nos tocará? O nos morimos o veremos morir a nuestros familiares, amigos cercanos, al compañero de trabajo o a alguien en nuestro círculo operativo o social cercano. Tener abundantes recursos no representa una gran ventaja, más allá de pasar los días en relativa comodidad material. No hay mucha oportunidad de aspirar a un trato VIP hospitalario cuando los sistemas de salud están colapsados. Los médicos especialistas de cuidados intensivos, su preparación y su talento, son recursos que estamos empleando al máximo. Lamentablemente, esto para ellos implica desgaste personal y riesgo de contagio. Y la producción de nuevos médicos no es algo que podamos acelerar reconvirtiendo fábricas para este propósito. Equipo especializado, en particular ventiladores, también escasea frente a la demanda impuesta por la frecuencia de contagio y su correspondiente porcentaje de casos graves. De igual manera, las camas en cuidados intensivos, los cuartos o cubículos aislados, las salas de triaje de los hospitales, los reactivos para pruebas y todo lo relacionado con esta emergencia particular, nos hace falta. Recalco, estos son los recursos que esta emergencia particular exige. Mañana podemos tener otra emergencia global, que requiera otro set de infraestructura, equipo, insumos, y personal. Para esa, tampoco estamos preparados.

Aún con la velocidad y contundencia de los contagios, tuvimos que superar una barrera de incredulidad y negación antes de lograr consenso sobre lo grave de la situación y lo imperativo de actuar rápida y decididamente. Nuestro titubeo le permitió semanas de libre avance al enemigo.

Paralelamente, el cambio climático, una tragedia de alcance global y consecuencias potencialmente desastrosas, se desarrolla en cámara lenta, lo cual evita que se le asigne la seriedad debida y tomemos algún tipo de acción que supere en costo a la comodidad cotidiana.

En las últimas décadas, hemos sido testigos de diversas tragedias causadas por desastres naturales. En general, ninguna de estas, aún siendo locales (a diferencia de aquellas globales), se han manejado bien. Recordemos los huracanes Katrina, que en el 2005 golpeó Luisiana, Mississippi, Florida y Alabama, y María, que en el 2018 hizo estragos en Puerto Rico. Recordemos el terremoto del 2010 en Haití, con un saldo de muertos que se estima pudo llegar a trescientos mil. O el terremoto de Japón en el 2011, un país de primer mundo con una trayectoria de tecnología avanzada y una reputación cultural de honor, profesionalismo y seriedad. Su manejo del accidente de la planta nuclear de Fukushima dejó entrever cómo los incentivos de subsistencia corporativa y económica promovieron el encubrimiento y la mentira, retrasando la incorporación de expertos y recursos de otros países y profundizando el alcance de la contaminación radiactiva, innecesaria y criminalmente. Incendios en California y Australia causados por las sequías, cientos de inundaciones en diversos países y decenas de epidemias recientes han dejado ver lo inadecuadas de nuestras respuestas ante hechos repentinos y de alcance masivo.

A veces se necesitan generadores eléctricos. Otras veces lo que se requiere es alimento, albergue, camas en salas de emergencia, transporte masivo, expertos, vacunas o agua. Hoy fueron ventiladores, mascarillas N95 y gel alcoholado. Cada vez los elementos clave son distintos, pero el hilo que los une es el mismo: falta de previsión y preparación.

Añado a esta carencia, otra falla recurrente que generalmente la acompaña: La marcada tendencia a esconder la gravedad del asunto. No tenemos un estándar global para reportar hallazgos de manera objetiva. La disparidad de criterios se nota a leguas cuando México con 130 millones de habitantes reporta la misma cantidad de casos que Panamá, un país de solo 4 millones.

El tema migratorio es uno que juega un rol fundamental en todo el desarrollo de la humanidad y que, cada vez que toca analizarlo, damos una respuesta equivocada. Hay que hilar fino, y entender que cada arista tiene sus pros y sus contras. El mundo está globalizado. El transporte moderno hace que podamos pasear por el planeta con gran facilidad. ¿Para qué sirve tener el terreno dividido en países? Entre otras razones, para poder dosificar el flujo de personas en momentos clave. Si hay gente infectada en otro país, tiene completo sentido restringir el acceso de esos individuos a áreas que no estén infectadas. Esta compartimentación es completamente ética y necesaria. Cada país tiene una capacidad finita de asimilación de migrantes, que debe ser respetada para que sus sistemas: alimentario, de salud, educación, seguridad y bienestar ciudadano general no colapsen. Por el contrario, es decididamente antiético cerrar fronteras frente a una crisis si se tiene la capacidad de acoger a refugiados dentro de parámetros prácticos. Así como tener un país sin control migratorio alguno no sería prudente, proponer controles migratorios basados en políticas cónsonas con la realidad del país no es xenofobia.

Además, es antiético bloquear el suministro de recursos indispensables, suspender la colaboración o tomar cualquier otra medida nacionalista en perjuicio de aquellos que sufren en otros países. Inflar artificialmente los precios de productos sensitivos es también una actitud antiética y criminal. Yendo más allá, medidas de esta naturaleza ante una crisis global son llanamente estúpidas. O controlamos todos el avance de la enfermedad o todos la padeceremos. La solución científica al problema, ya sea en forma de pruebas, vacunas, o tratamientos, una vez descubierta, tiene que ser compartida.

A menudo escuchamos que en cada país, frente a cada uno de estos retos, se dice con orgullo: “En tiempos difíciles trabajamos unidos y salimos adelante”. Quizás lo malo es que no trabajamos tan unidos como deberíamos en tiempos de bonanza y tranquilidad, para evitar la zozobra en momentos de crisis.

Desde que tuve edad para entender las mecánicas del mundo me identifiqué con la filosofía capitalista. Soy emprendedor, mi personalidad y preparación están enfocadas a la solución de problemas. Los incentivos del libre mercado están adecuadamente alineados para innovación y desarrollo. Lastimosamente, esos mismos incentivos no cuadran con una situación como ésta, en la que la solidaridad es una variable más pesada que el individualismo en la ecuación. En el aspecto económico local, el parón generalizado de actividades es como un hoyo negro que hala hacia el abismo a la inmensa mayoría de las familias. Casi nadie tiene ahorros para subsistir un par de semanas sin ingresos. Aún postergando el pago de compromisos a bancos y financieras, la plata para comer llegará a su fin mucho antes que los efectos de la pandemia. Adicionalmente, cualquiera, pobre o rico, puede ser portador del virus o víctima del mismo. Debido a esto el sistema de salud pública tiene que mostrar robustez, a pesar de haber sido descuidado por décadas.

En cierta forma siento que estamos pagando el precio de nuestra propia incongruencia. Por siglos hemos tomado decisiones utilizando como principal parámetro el factor económico. Pero lo hemos usado con la miopía del avaro. Dos semanas sin ingresos y resulta que todos estamos contemplando el espantoso prospecto de la pobreza extrema en carne propia. Salvo que logremos en conjunto y a todos los niveles, macro y micro, una gran flexibilización de créditos y deudas basados completamente en confianza, muchas empresas caerán en bancarrota. Salvo que logremos extender una red de apoyo masiva de alimentos y medicinas a todos los habitantes, muchos verán amenazada su supervivencia y actuarán posiblemente por la fuerza, aún cuando esta estrategia tenga poco éxito. Luego de algún período de estabilización, tocará trabajar para establecer reservas en todos nuestros sistemas, empezando por el de los ahorros personales.

Así como la situación es fluida, pienso que la única conclusión que se puede tomar ahora mismo es que debemos mantener canales de comunicación abiertos y un diálogo honesto sobre nuestras carencias y las conductas que nos llevaron a ellas. Sólo haciendo este análisis podremos salir de la crisis con algo de valor.

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