La importancia de las buenas influencias

Transcurría el 1982 y para la versión adolescente de mí, fue un año de cambios bruscos. Regresamos a Panamá luego de vivir dos años en Washington, y me tocó aterrizar directamente en el segundo bimestre de tercer año de secundaria, un par de meses previo a mi cumpleaños número quince. Ciertamente era mi vieja escuela, la de antes de irme a Estados Unidos, y eran mis viejos compañeros, así que el elemento de familiaridad estaba presente. Sin embargo, todas las incomodidades y exabruptos de la adolescencia también lo estaban. Mi interés por la música apenas empezaba a migrar de consumidor a estudiante con esperanzas de convertirme en músico. Llevaba un año en clases de piano y, por influencia de mi amigo de infancia Jorge “Tercero” Loaiza, me empezó a llamar la atención la batería. Un día, saliendo de la escuela, mi compañero de salón José Luis Lozano me prestó un cassette de Rush, Moving Pictures. Apenas subí a la camioneta de mi mamá, lo metí en el reproductor y aquello fue como pasar el umbral de un portal hacia otro mundo. Música bien construida, letras interesantes (cuyo significado ni siquiera llegaba a comprender completamente a esa edad), solvencia técnica para tocar ideas complejas, todo envuelto en ritmos y melodías que me eran fáciles de digerir. Tom Sawyer, Red Barchetta, YYZ, Limelight, The Camera Eye, Witch Hunt (Part III of “Fear”), y Vital Signs, se volvieron parte de la dieta musical diaria. Mi primera batería llegó en agosto, para mi cumpleaños, y tratar de tocar Rush se volvió un reto permanente.

De ahí salté al Exit…Stage Left, lo cual me dio una muestra del trabajo previo de la banda: Spirit of the Radio, A Passage to Bangkok, Closer to the Heart, Beneath, Between, & Behind, Jacob’s Ladder, The Trees, Xanadu, Freewill, La Villa Strangiato, etc. En ese tiempo, obtener información sobre los autores de esta música tan intrigante era muy difícil. Me sentaba por horas, analizando cada centímetro cuadrado de las portadas, los sobres internos de los vinilos, y los libritos con las letras. Conversaba con amigos, y especulábamos historias fantasiosas sobre estos personajes míticos que componían el soundtrack de nuestras jóvenes vidas.

En 1984 viajé a Miami justo cuando salía a la venta el Grace Under Pressure. Por consiguiente, fui uno de los primeros en Panamá en tener una copia. Cuando llegué, llamé a Tercero y él, a su vez, llamó a Juan Octavio Díaz, y llegaron ambos a mi casa a absorber el material. Escuchamos el disco completo dos veces. Kid Gloves y The Enemy Within fueron piezas clave de esa época.

A estas alturas ya estaba familiarizado con el catálogo completo de la banda, y ningún disco me decepcionaba. Cada nueva producción traía un enfoque nuevo, musical y líricamente. Neil Peart a través de sus letras me ponía en contacto con filosofía, historia, ficción, y una sensibilidad humana con la que me era fácil identificarme. La composición de los arreglos de batería me dio el ejemplo de la atención al detalle que se le debe imprimir al trabajo. Siendo un joven en etapa formativa creo que esa fue una de las lecciones más valiosas que obtuve de Peart.

Luego vino el Power Windows, y nuevamente me voló la cabeza, no solo con las composiciones, sino con letras poderosas como Manhattan Project, Marathon, y Territories. En mis años de universidad leí artículos sobre el proyecto de Neil Peart, “Burning for Buddy” en el cual congregó a la crema y nata del mundo de los tambores para rendir tributo póstumo a Buddy Rich. Verlo aventurarse a tocar en el entorno y en el estilo del Big Band, tras ser ya reconocido mundialmente como un baterista icónico del rock, fue una importante lección de vida. Nunca te dejes encasillar por tu biografía, no importa que tan exitoso hayas sido. En otro giro inesperado leí que Peart estaba tomando clases con Freddie Gruber, y luego con Peter Erskine. Otra sacudida genial tanto al ego, como a la razón. Si este tipo, con su nivel de éxito y su estatus mundial de ícono de la batería está convencido de la necesidad y ventajas de seguir aprendiendo, y está dispuesto a someterse a esos procesos, sin duda un mortal como yo debo estar conectado permanentemente a una venoclisis de educación.

Ya con esas lecciones, Peart estaba en mi lista corta de influencias positivas de vida y con tarea para nunca acabar. Entonces vino la tragedia. Su vida se derrumba en 1998 con el fallecimiento primero de su hija, y luego de su esposa, en un período de meses. Peart desaparece del radar para la consternación de todos los fanáticos, y re-emerge de esta tragedia tres años más tarde para brindarnos catorce años más de grabaciones, presentaciones, y videos didácticos del más alto nivel.

Me identifico plenamente con su verso de Limelight: “I can’t pretend a stranger is a long awaited friend”, es profundo y sincero. Sin embargo, y en un sentido muy contra intuitivo, queda claro que existe una especie de relación asimétrica en la cual, así como nunca fui amigo de Peart, él decididamente sí fue amigo mío. Para catalogarlo de alguna manera, nuestro vínculo fue comercial, pero el valor derivado de la transacción de adquirir sus obras o conocer de su vida fue mucho más enriquecedor que el precio pagado por el boleto, o el vinilo. Para todo amigo uno alberga los mejores deseos, esta no es la excepción, aún con lo improbable de la relación. Por tanto, me entristece su enfermedad, y su partida. Seguiré disfrutando su trabajo y reflexionando sobre todo lo bueno que saqué de él.

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