En marzo de 1997, mi padre fue detenido por las autoridades en un acto público en relación con el presunto mal manejo de recursos mientras ocupó el cargo de embajador en Japón. La detención pasó por todas las etapas; estadía de varios días en la sede de la DIJ (en ese entonces PTJ), medida cautelar de casa por cárcel por varias semanas y medida cautelar de país por cárcel por varios meses. Paralelamente el proceso legal fue atendido y finalmente la corte dictó el sobreseimiento definitivo.
Las audiencias eran eventos estresantes para todos en la familia. Mi abuelo Pungo en especial, sufría ese desgaste, que parecía quitarle años de vida a cambio cada minuto de compañía junto a su hijo. Los pasillos que llevaban a las salas de audiencia se tornaban particularmente inhóspitos. Los equipos legales, nuestra familia, y los mirones misceláneos forcejeábamos por abrirnos paso ante el asalto de los reporteros que, como aves de rapiña, se peleaban por la primicia. Yo caminaba junto a él, que a su paso lento, y apoyado en su bastón, trataba instintivamente de acompañar, y a la vez proteger, a mi abuela de la masa humana que nos atropellaba. Por algún motivo, la figura de mi abuelo, de 85 años en ese momento, era un imán para la prensa. Todos se esforzaban por sacarle unas palabras al padre del acusado.
En eso, un joven periodista de algún diario local se abrió paso entre en molote, y de manera incisiva puso su grabadora frente a mi abuelo:
“¿Cómo sabe usted que su hijo es inocente?”
El viejo detuvo su paso, miró fijamente al muchacho, y dijo con una certeza que no admitió duda: “¡Porque yo lo eduqué!”
Yo sentí que el tiempo se detuvo. El periodista bajó su grabadora y se dejó envolver por la turba de colegas que venía por el pasillo. No hubo más preguntas.
Ese día, gracias a mi abuelo, cualquier duda que hubiese podido tener sobre mi rol como padre se disipó.
Todos tenemos la responsabilidad de educar y de dar el ejemplo. Esa es nuestra única esperanza de salir adelante.
Feliz día del padre.
Juan Amado
