De vuelta a los principios

Esta es una nota que escribí hace un par de años y que guarda estrecha relación con lo que sucedió un día como hoy hace 23 años. Se las comparto con la mejor de las intenciones!

De vuelta a los principios

Los días de mayor terror que he vivido fueron aquellos cuatro o cinco a partir del 20 de diciembre de 1989. En esos días y noches, guarecido en casa de mis padres, a la luz de la vela y sin comunicación efectiva con familiares, amigos y seres queridos en la capital, el interior, o el exterior, llegué a la conclusión de que la suma de nuestras ambiciones como país nos había llevado a través de una serie de malas decisiones, a través de largos trechos de historia, a una situación que estaba fuera del control, tanto de aquellos que apoyaban y compartían con el régimen dictatorial, como de aquellos que con pañuelos blancos, pailas y pitos deseaban para nuestra patria el regreso de las instituciones democráticas. Sin embargo, junto con el miedo que provocaban aquellos sonidos desconocidos de explosiones, ráfagas de artillería y naves de combate, en mi corazón, y estoy seguro que en el de muchos otros, ondeaba una pequeña llama de esperanza porque, pasado el trauma, tal vez, sólo tal vez, el país podría una vez más (por primera vez para mí) enrumbarse por el camino de la democracia representativa, de la justicia social y judicial, del respeto a las instituciones, y de la oportunidad para progresar, que sólo puede existir en un verdadero estado de derecho.

Recuerdo la ola criminal que se desató una vez se dispersó el humo de las balas, y lo mal que me sentí viendo lo peor del comportamiento humano aflorar en mis compatriotas, en forma de saqueos masivos, hurtos, y robos. Una vez más, tuvimos la bendición de que el orden se restableció tras unos días. Aquellas acciones, por lo menos en mí y en los que me acompañaban: mi padre, mi madre, mi familia inmediata y parte de mi familia extendida, sólo pareció arraigar más ese deseo de retomar las riendas del futuro con absoluto respeto, tanto a la ley, como a la moral, con el fin de no ver nunca repetidos estos hechos, y en profundo agradecimiento a Dios o al universo, como guste cada quién creer, por habernos eximido de peores consecuencias.

Casi veinte años han pasado desde aquellas terribles noches de invasión, y en la víspera del cuarto cambio de poder de esta nueva era de democracia, parece que empezamos a olvidar un poco esos principios que tanto anhelamos poder poner práctica.

Me preocupa, que en estos tiempos, en que a pesar de los vaivenes económicos mundiales, Panamá sigue viviendo una bonanza, y que gozamos cada vez de más libertades, aún cuando otros gobiernos han coartado las suyas a sus habitantes, no mostremos el debido respeto a las instituciones democráticas que otrora prometimos defender. Necesitamos que aquellos llamados a liderar, y todos los ciudadanos al fin y al cabo, entiendan que todo lo que el pueblo necesita es el buen ejemplo, no importa si viene del solio presidencial, de la gerencia de la empresa, del altar de la Iglesia, o del que empuña una escoba para trabajar. Apelo a esto, lo más básico, lo más sencillo, lo más valioso:

Seamos hombres y mujeres de palabra, cumplamos lo que decimos, disculpémonos cuando nos equivocamos, y por supuesto, actuemos en consecuencia.

Invirtamos el tiempo en proponer y en hacer. Dejemos de lado el descalificar; nadie está interesado en oír sobre lo bueno que somos, o lo malo que son nuestros adversarios.

Seamos ejemplo de una vida con balance, en la que dedicamos tiempo y esfuerzo al trabajo, a los hijos y a la pareja, a la salud, a superarnos y a Dios.

A los candidatos a puestos de elección, respeten a quienes mediante su voto, han depositado en ustedes la confianza de guiarlos por el mejor camino. No trafiquen con este poder, que no es suyo, es del pueblo.

A los empresarios: observemos prácticas nobles, prediquemos el principio de que el dinero es sólo parte de la ecuación. No es ganar a toda costa, es hacer lo correcto lo más valioso. Nuestros empleados aprenden de nuestras acciones. No es difícil observar cómo se viven culturas muy diferentes en negocios similares basadas en el ejemplo que emana de la gerencia.

A los maestros y profesores: ustedes están llamados a moldear el futuro. Su ejemplo deja una profunda huella en la vida de sus alumnos. Trátenlos con el mayor respeto, enséñenles a esforzarse, recálquenles lo talentosos que son y lo lejos que pueden llegar en la vida. Cualquiera de ellos puede descubrir la cura para una mortal enfermedad, o diseñar un nuevo dispositivo para generar energía sin dañar el medio ambiente. Ellos tienen alas, y ustedes, la bendición de poder enseñarles a usarlas.

A los médicos: la salud del país es la salud de cada paciente que los visita. Utilicen al máximo su capacidad para ayudarlos. Valoren el tiempo de ellos igual que valoran el suyo. Si van a faltar al trabajo, avisen a sus pacientes y reprogramen sus citas, no los hagan venir en vano. Algunos, además de estar muy enfermos, vienen desde lejos y con pocos recursos, sólo para regresar con las manos vacías.

A los funcionarios: atiendan a todo el que requiera de sus servicios, ustedes están para servir. No obstruyan el progreso; no contemplen, ni toleren prácticas corruptas, esto contamina a toda la sociedad.

A todo el que tiene quejas: hay muchos en peor situación que ustedes, que están trabajando “pa’echar pa‘lante”. No perjudiquen a terceros con sus protestas, que aunque justas, pierden valor al recurrir a la violencia que constituye impedir el libre tránsito. Este es un derecho constitucional.

No sucumbamos a la mediocridad, ni demos pie a la actitud de “si todos lo hacen, ¿por qué yo no?” Esta actitud alimenta el círculo vicioso y nos lleva a continuar siendo parte del problema, en vez de parte de la solución. Las cosas sólo están bien hechas cuando están a un nivel del que nos podemos sentir orgullosos, esa es la regla con que debemos medirnos. ¿Estamos orgullosos de lo que hemos hecho hoy?

Un amigo panameño que vive en el exterior y que visita Panamá ocasionalmente me mencionó entre sus observaciones lo poco que apreciamos nuestro país. Creo que es una verdad que nos cuesta ver, tal vez por lo dolorosa que es. Trabajemos para que esto cambie. Panamá es un paraíso y debemos sentirnos profundamente agradecidos de vivir aquí. Tratemos a nuestro país con el respeto que se merece, amémoslo, en él y de él vivimos cada uno de nosotros, nuestras parejas, nuestros hijos, y nuestros padres. No olvidemos aquella noche, la más oscura de nuestra historia, cuando por un breve lapso perdimos todo control sobre nuestro destino. Recordemos la historia, reciente y antigua, los hechos, y valores que nos llevaron a ese desenlace.

Colaboremos para hacer de Panamá un país del que todos podamos sentirnos orgullosos.

Juan Amado

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